En la mañana del Domingo de Ramos, un sol radiante anunciaba el comienzo de una nueva Semana de Pasión, de nuestra Semana  Santa. Eran las 11 de la mañana, cuando unos niños pequeños vestidos de hebreos comenzaron a salir por la puerta del Rosario. ¡¡¡Sí, es la Hermandad de los niños y niñas de Zafra!!! exclamaban muchas de las personas que se encontraban en el atrio de la Iglesia. Cuando menos lo esperaba, comienza a sonar la marcha real, girando mi cabeza y mirando hacia la puerta del Rosario, por la que poco a poco, iba saliendo nuestra Borriquita, llevada por esos jóvenes portadores, que son el futuro de nuestras Hermandades y Cofradías de Zafra. Mi sensación era infinitamente feliz, porque ya estaba en la calle, ya era oficialmente Semana Santa en nuestra ciudad, una nueva Semana donde todos vivimos más intensamente que nunca, la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La multitud que había ido a la Iglesia, al oír que Jesús venía a Jerusalén, salió a su encuentro con ramos y palmas gritando: ¡Dios nos salve! ¡Bendito sea el rey de Israel. Jesús entraba triunfal en Zafra, nuestra Jerusalén, días antes de su muerte. Una gran multitud rodeó a Jesús, y con ramos de olivos y ramas de palmeras, lo acompañó en su entrada en la ciudad, entre cantos y aclamaciones. Muchos de esos hebreos que lo acompañaban iban gritando:

¡hosanna! El rey de los pobres, descalzo, montado en un borriquillo. El día era esplendido y una palmera se veía moverse, por primera vez, por las calles de Zafra, acompañado de esas palmas que proclamaban . Al llegar a la Parroquia de San Miguel, se le añadió algo de emoción, sobre todo por esos corazones que iban portando a la Borriquita, los cuales tuvieron que echarle el valor suficiente para que Cristo pudiese presidir la misa de la mañana del Domingo de Ramos.

 

Por la tarde, paseando por nuestra ciudad, me dirigí de nuevo a la Iglesia del Rosario, y por el camino me encontré unos antifaces azules con capa blanca, los cuales iban llenando de oración las calles por las que iban pasando. Ese olivo que, tradicionalmente, he visto desde pequeño y que siempre había anunciado la Semana Grande de Zafra, hasta el año pasado. Entre la oscura noche, el paso dorado de nuestra oración, nos transportaba al Huerto de Getsemaní, acicalando cada hoja del olivo que parecía multiplicar la pesadumbre, las expresión de desconcierto de los amigos. Al ritmo lento del tambor Jesús se alejaba. Por un momento me puse en la situación de Pedro, pensando en cuantas veces hemos engañado a nuestros iguales, cuantas veces los hemos traicionado. Cerré los ojos y volví la cabeza. Tras él, un corazón destrozado de su Madre, iba regando de lágrimas nuestras calles.

Al día siguiente, me dirigí hacia la Parroquia de la Candelaria, donde una cruz trinitaria abría el cortejo del Cristo Cautivo, conocido por el Rescate. Ese Cristo con túnica roja oscura, manos entrelazadas, y mirada perdida se iba abriendo camino por eso corazones, que siendo sus pies, van proclamando “Es el Rey de los Judíos”. Calles tan señeras de nuestra ciudad como Calle la Cruz, Tetuán, Plaza Chica, iban siendo espectadores de como Jesucristo iba a dar su vida por nosotros. ¿De qué te acusan, Nazareno? ¿Cuál es tu pecado? Pero sus labios sellados solo aciertan a decir: amaos unos a otros como yo os he amado. Todos nos decimos para adentro ” hasta en eso le hemos fallado”. Por un momento, del cielo cayeron algunas lágrimas, gotas de agua que simbolizaron el dolor de una madre, a la que la amargura se invadía su dulce cuerpo y que este año, tenía unos pies de excepción, unos pies de jóvenes que quisieron llevarla de nuevo al cielo.

El Martes Santo, salió un día gris, un día para el recogimiento. Como todos los años, me dirigí hacia la Iglesia del Rosario, para volver, por décimo quinta vez, a ser uno de esos pies que llevan a nuestro “Amarrao”. El día estaba difícil, y aunque nos entraba angustia, no perdíamos la esperanza, sobre todo viendo esos dulces ojos y esa boca entreabierta.  “Entonces Pilatos dejó en libertad a Barrabás y mandó azotar a Jesús. Los soldados le quitaron los vestidos y le pusieron un manto de color rojo. Después le pusieron en la cabeza una corona que habían trenzado con espinas y en la mano derecha una caña. Se burlaban de él, le pegaban y le escupían en la cara”. Mil velas encendidas son lágrimas de llanto por el dolor del preso, preso de amor y preso de pena. Mil gotas de sangre surcan su espalda y son mil azotes amargos que nos corroen el alma. Mil espinas de aguja se clavan en su frente y en nuestro corazón se caen los pétalos, marchitos de compartir su sufrimiento. La gente que se agolpaba en el atrio del Rosario ve alejarse entre flores al flagelado, piensa triste y sonrojados cuantas veces herimos al hermano, y en el dolor de los maltratados, de los que sufren, de los olvidados en esa noche. Tras él, la “Angustias” llevada por sus mujeres costaleras, mujeres jóvenes que no quieren que su Virgen se quede sola en estos amargos momentos. Por desgracia, de nuevo unas lágrimas aparecían desde el cielo, lágrimas que hicieron encontrarse a Cristo Amarrado a la Columna con su cruz, cruz donde derramaría su sangre por nosotros, así como una leve esperanza de salvar a la humanidad de todos los pecados.

Tras esa noche, llegó el día en que la Humildad, la Paciencia y la Salud inundan nuestras calles en su encuentro. El Arco de Jerez se preparó para preparar los días más intensos de la Semana de Pasión. Jesús con mirada fija, sentado en su piedra y con la mano en la mejilla, es testigo de las personas que cada día nos piden ayuda a cada uno de nosotros y se la negamos en muchos de los casos. Esa “callejita del clavel” se convierte por un momento en un lugar santo, un lugar lleno de sentimiento y fé. De nuevo esos costales blancos, moraos, rojos, …. llevarán la humildad a las calles de nuestra ciudad como lo hacen cada noche de Miércoles Santo. Desde la Parroquia, un palio azul lleno de esplendor con María Stma. de la Salud, llevada por sus costaleros, buscará a su hijo para pasar esos momentos tan amargos. El momento más duro llega en la despedida, donde su madre se separa de su hijo, sabiendo su futuro, siendo testigos los árboles que rodean la Plaza denominada de “los gitanos”.

Jueves Santo, Jesús va llegando a su momento más doloroso. Por la calle José Mercado, me dirijo a la Capilla de San José, antigua sinagoga, desde donde Jesús partirá hacia el Gólgota para ser crucificado. Llegando a la iglesia, me encuentro como en otro mundo, como si no entendiese el por qué van a crucificar al Nazareno. Un cofrade morao espera sentado dentro de la Iglesia el comienzo de la procesión: va descalzo, tiene cadenas en los pies y soporta el peso de un astillado madero. Jesús toma la cruz y se abraza a ella. La abraza y el abrazo le va abriendo heridas en sus hombros llagados. ¡Qué duro se hace caminar con paso lento por la vía dolorosa de la cruz . El Nazareno sale de la  capilla. Nosotros, no podemos permanecer impasibles ante el Señor que carga con todas nuestras debilidades, piensa el morao de las cadenas en los pies “Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz de cada día y sígame”. Los moraos dibujan silenciosas estelas de luto con sus cirios. Al salir de la Capilla,  Jesús cae por primera vez: allí, en el suelo lo encuentra su madre. Fortaleza de Dios, debilidad de hombre. Jesús desfallece como hoja de otoño y cae ante el correr presuroso de María. La virgen de la Esperanza llega ante su hijo quedando una frente al otro; no hay palabras para decir; un rostro desolado y triste es surcado por unas lágrimas de amor y dolor infinitos; otro rostro sucio y ensangrentado, de labios que son rastrojos, resecos y amoratados. De nuevo, y cuando el Cristo estaba en la calle, lágrimas del cielo quisieron que el “Nazareno” volviese a su casa, donde la esperanza de una nueva vida le esperaba.

De madrugada, el luto se espera en Zafra, el silencio se apodera de nuestras calles, porque Jesucristo, el “Desamparado” ha muerto en la cruz. El cielo llora su muerte y, Zafra, no puede ver a su Cristo de los Desamparados por sus calles, como si  el templo del Rosario se hubiera convertido en el Gólgota, y todos sus penitentes con antifaz caído y cruz potenzada en el pecho, fueran testigos directos de su muerte. Un Vía Crucis hizo posible, que Jesús no muriese en vano y que María Santísima del Mayor Dolor estuviera acompañada por esos penitentes que cada madrugada del Viernes Santo, llevan la cruz y la luz de la  esperanza a cada rincón de Zafra. El Silencio se hizo más evidente en la Iglesia del Rosario.”Padre perdónales, porque no saben lo que hacen”.

Viernes Santo, viernes donde María Stma. de los Dolores acompañará a Cristo Yacente por las calles de nuestra querida Zafra. Viernes Santo por la tarde. Negro. Noche de Viernes Santo, dolor negro y enlutado. Jesús tumbado, con una rosa en la mano derecha, yace ante la mirada de su madre. Jesús ha muerto y sólo el silencio merece ser sudario con el que cubrir su cuerpo. “José de Arimatea pidió a Pilatos el cuerpo de Jesús. José bajó el cuerpo de la cruz y lo envolvió en una sábana que había  comprado. Fue también Nicodemo, aquel que había ido de noche a ver a Jesús, llevando mirra perfumada y alóe. María Magdalena  y la otra María miraban donde colocaban el cuerpo”. En ese momento reflexiono: hay momentos en los que el fracaso llega, en que parece que todo está perdido. Seguramente eso pensaron los discípulos: Jesús estaba muerto e iba a ser enterrado. Nada más se podía hacer, todo se había acabado. Durante todo el día, la lluvia estuvo presente e hizo que esta Hermandad no pudiese mostrar este momento tan duro, llenando de silencio y luto nuestras calles. Lágrimas visibles en esos penitentes y esos costaleros y costaleras que no pudieron ser los pies, pero que durante todo un año, habían llevado al Cristo Yacente y a María Stma. de loS Dolores en sus corazones. Ahora todo es silencio. El silencio de un nicho. Jesús, ya no está con nosotros, yace ya en su sepulcro. Los ciudadanos de Zafra, entre los que me incluyo, bajamos la cabeza. El pálido cuerpo de Jesús fallecido es llorado por cuatro velones rojos, que desprenden lágrimas como si fuera la sangre que Cristo derramó por nosotros en la cruz.

 

La Parroquia de la Candelaria fue testigo como en una noche lluviosa, la “Soledad” fue aun mayor, ya que no pudo realizar su estación de penitencia. La Virgen de la Soledad no pudo pasear por Zafra, en la soledad de su dolor, abandonando su clausura para llorar junto a su pueblo. ¡Mujer de la más honda soledad, huérfana de Hijo, como un árbol despojado en abril, apenas núbil!.

El Domingo de Resurrección parecía diferente. Cuando me levanté, pude ver algo insólito, como caían del cielo lágrimas, pero a su vez, me deslumbraban los rayos del sol. “Cristo ha resucitado”. Cogí mis zapatillas, faja y costal y me dispuse a ir a la Parroquia a proclamar a los cuatro vientos que Jesús estaba vivo. Cuando llegué a la Parroquia, pude ver como muchos de los corazones que habían sido los pies de Cristo durante la Semana Santa (entrando de forma triunfal en Zafra, orando, cautivo, amarrado, llenos de humildad, siendo seguidores del nazareno llevando su cruz, sufriendo con Él) estaban dispuestos  a decir lo mismo que yo “Jesús está entre nosotros, no ha muerto”.

Cuando escribo esto, ya han pasado algunos días de aquello que os he narrado. Ahora sólo queda que cada uno de nuestros corazones viva en su interior la Semana Santa como ha de vivirse, pero no solo durante esta Semana que ha terminado, ni hoy,  ni mañana, ni pasado, sino durante todo el año.

2 comentarios

  1. bonita cronica, ahora tenemos todo un año para seguir regando nuestras calles de oración, comprensión, ilusión y servicio,un abrazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario